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Esa mañana, los fragmentos de hielo caían del cielo sin sol en lloviznas lentas y delicadas. Las nebulosas ráfagas de nieve eran algo común a primeras horas en la región, sin embargo, seguían siendo un espectáculo para algunos. Calvin sintió que las escamas cristalinas se derretían al entrar en contacto con su piel tibia como la leche. Trabajar en los campos de aviación del aeropuerto no era adecuado para todos, para empezar, no era una tarea fácil llegar allí. Ubicados lejos de las faldas del pueblo y más allá de los límites de los bosques locales, los turnos eran extensos, agotadores y, a veces, fatalmente inmovilizadores al borde de la amputación.
“¡Esperen más nieve esta mañana, amigos! ¡Un buen día para pasear a sus hijos por los bosques de Nooktown llenos de osos polares y lobos salvajes!”
Carol se sentó sobre su mullido trasero, enroscó la cola hacia adelante y lo miró despistadamente.
“Nunca entiendes ninguno de mis chistes”, protestó.
La zorra se detuvo en su camino a las afueras del pueblo. Se rascó la oreja antes de alcanzar a su amo, quien estaba mirando a ambos lados del carril para cruzar la calle. Podía divisar que el sol se había elevado por encima de los pinos en ese instante. Las calles eran un poco estrechas y grises, pero lo bastante grandes como para que los caballos y los coches marcharan con facilidad. Decoradas con farolas manchadas aquí y allá, las habituales vallas de madera podrida colgando de clavos oxidados, manchadas por la incesante nieve. Graneros hechos con caparazones de hierro torpemente pintados y llenos de paja. Caballos, vacas, pollos, ovejas y perros deambulaban cerca de las granjas del interior. Las avenidas adoquinadas se extendían con todo tipo de puestos
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comerciales cerca del ayuntamiento. El taller del zapatero, un pequeño restaurante de chuletas que servía estofado de cerdo caliente con remolachas y cebollas todos los días de la semana y una de las pocas posadas que había a la vuelta de la esquina. La panadería local con los aromas a pan fresco con mantequilla que anunciaba la aparición de los trabajadores del pueblo mientras formaban una línea afuera. Conseguir un desayuno por una moneda de cobre o dos, era de costumbre, ¿un trozo de galleta de mostaza? ¿Tortas a la plancha con ralladura de limón? Hogazas de pan de masa madre, grandes y espolvoreadas.
Calvin se apresuró a buscar monedas en sus bolsillos y esperó en la fila, la escasez de dinero lo mantenía alejado de un desayuno adecuado, pero un día y medio sin un bocado era demasiado tiempo, incluso para alguien como él. Y pensar que no había sido exactamente el más pobre de todos los pobres, pero más pobre ahora que se había acostumbrado a vivir del día a día sin la posibilidad de ir de compras. La naturaleza era el gracioso verdugo de Roanoke, nadie tenía control sobre el apasionante clima, comprendió. Por la misma razón, la crueldad con la que trabajaba el gobierno de Roanoke sobre su pueblo era imperdonable.
El vendedor de la panadería fue lo suficientemente rápido para atender a sus clientes y Calvin había mordido una quinta parte de su pan antes de sacar su trasero de la tienda. Carol lloriqueó por un pedazo. Pero él la hizo callar rápidamente, compartiendo un poco y envolviendo el trozo restante de pan de masa fermentada en su papel pergamino para guardarlo para su descanso de treinta minutos, metiéndolo dentro de su chaqueta. Reanudó su viaje descansando el mango de la pala a un lado de su cuello y dirigiéndose calle abajo.
Un carro tirado por un sexteto de caballos se le adelantó en la plaza del pueblo. Conectado en su parte trasera había una enorme base con ruedas de acero cargado con un pesado conjunto de troncos, sujeto con voluminosas cadenas y candados. La carreta era escoltada por un grupo de hombres a pie, esos eran los leñadores del pueblo, que por lo general trabajaban toda la noche para traer la leña al amanecer de los bosques vecinos. Hombres altos, de pies apestosos con unos pocos dientes, ojos claros, canas y piel reseca. La mayoría de ellos, de complejo maduro. Calvin reconoció su incansable labor trabajando para ellos durante un par de temporadas cuando tenía doce años. Dar de comer a los caballos, atarlos a los carros. Había sido demasiado pequeño y
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desnutrido para cortar árboles, cargar troncos, demasiado torpe para usar un rifle si era necesario—los leñadores lo supieron de inmediato. Así que supervisó el granero, la alimentación, y las eses de sus sementales mestizos. Era Wyatt quien ganaría algo de músculo quitando nieve, pero aun así desnutrido a los veintitrés años. Su verdadero guardián, cauteloso y correcto pero rápido para caer en el enojo. Wyatt se había marchado ese mismo año, en dirección sur a Yorkwich, la capital de Roanoke.
El sentirse indefenso entonces había sido una emoción primitiva. El corazón de gallina de Calvin no se arriesgaría. Sus brazos débiles, horribles para lanzar golpes. Su cuerpo seguramente tampoco soportaría ninguno. Y mucho menos probable con una cachorra de zorro debajo del brazo. La llevaba al trabajo todos los días, una pequeña criatura huesuda envuelta en mantas de merino. Su cerebro se depravó de ideas durante semanas hasta sentirse seco, pero al observar cómo los leñadores alimentaban a sus perros de caza, surgió algo en su interior. Tomó nota de estos hombres lanzaban trozos de carne de pato cruda a los perros para que los devoraran en segundos. Se le vino entonces a la mente la bolita de pelo que dormía en el establo de los leñadores mientras él trabajaba, solía alimentarla con leche y queso, pero eso no sería suficiente para obtener un zorro sano. Faisanes, roedores de todo tipo, palomas y conejos caían en el espectro de caza. La cacería estaba codificada en sus genes.
Comenzó de manera algo simple, alimentándola a propósito de ratas de La Casa Posada, según lo permitía el crecimiento con la esperanza de estimular esos instintos. Los meses pasaron rápidamente, pero sus impulsos ciegos se dispararon poco después de que el chico convenciera a los leñadores que pusieran a la zorra del lado de la manada de perros en su caza semanal de aves. Esto a costa de tareas domésticas no remuneradas, limpiar sus armas e incluso ayudar a sus esposas en la cocina.
Las siguientes semanas marcaron el inicio de un entrenamiento vicioso, de alguna manera catastrófico al principio, que dejó a Carol gravemente herida y lisiada durante días, cuando la manada la percibió repetidamente como una presa. Calvin desistió entonces, pero los leñadores sugirieron darle otra oportunidad más tarde, por lo que mantuvo a la zorra en observación en el granero mientras ella se recuperaba y continuaba con su empleo en la granja de los leñadores. Diez
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semanas después del año nuevo, los perros se habían acostumbrado al olor de la zorra y le permitían seguirlos desde un radio corto. Gelder, el más viejo y sabio de los leñadores, llevó al chico y a la manada al bosque, tenía la intención de mostrarle la manera más eficiente de entrenar a Carol para que cazara una presa, llamándola con un silbido agudo si se alejaba demasiado o si era probable que la presa escapase.
Resultó ser la más rápida de la manada, la más hambrienta y, a pesar de sus esbeltos músculos, estos comenzaron a parecerse a los de un verdadero perro de caza. Algunos cuervos y un conejo regordete se alistaron en forma de sus primeras adquisiciones. Y así, rastreaba como un perro de caza, gruñía como un perro de caza, perseguía como un perro de caza y definitivamente mataba como uno.
El chico y la zorra recorrieron los vastos bosques, el cielo sombrío teñido de manchas blancas y nebulosas. Un camino precario lleno de rocas desbordantes de musgo de colores pastel. Cuesta arriba, cuesta abajo. Tardaron alrededor de media hora en llegar a los hangares. Gigantes de acero brillante con bocas anchas alineadas en línea recta. Había mucha congestión esa mañana, camiones que cargaban cajas entraban y salían de las instalaciones desde y hacia una carretera secreta que había sido asignada a los conductores solo con fines de resguardo. Los supervisores gritaban códigos y garabateaban en portapapeles yendo y viniendo con vacilación en un estado fijo de caos. Los ingenieros vestidos con trajes de una sola pieza, untados con grasa, atendían las necesidades técnicas de cada piloto que llegaba. Y en las pistas de aterrizaje, los paleadores daban la bienvenida a otra docena de máquinas voladoras listas para su revisión.
Calvin pasó la barricada inicial hecha de lanzas de acero frío y cables en el exterior, estaba trotando por las escaleras traseras de fusión industrial del primer hangar cuando algo tiró de su chaqueta.
“¿Qué crees que estás haciendo, Elsner?” El gruñido de la mujer fue fuerte y claro como el cristal. Una burla grosera que conocía muy bien. Edna Watts—su supervisora y una vez supervisora de Wyatt no hace mucho tiempo—le estaba lanzando una mirada sucia. Las uñas pulidas todavía sujetas a él. Con su maquillaje de moda, un par de tacones azules llamativos y el pelo castaño enrollado como siempre.
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“Dije que nada de animales, bebidas ni comida en mal estado. Ahora, a menos que tenga queso podrido en tus bolsillos, está transgrediendo una de mis reglas.”
“¿Por qué llevaría queso podrido en mis bolsillos?”
Edna le sonrió con sus impecables dientes perlados, pero el sentimiento no llegó a sus ojos. Ella lo soltó. “Saca a tu bestia de aquí, perfora tu tarjeta y dirígete a la pista J-3.” Escribió algo ilegible en su portapapeles, luego sacó tres monedas de plata del bolsillo de su vestido y sé las arrojó. “Y por el amor de Dios, date una ducha en las aguas termales esta noche, apestas como un caballo muerto. Ponte nieve o algo en la cara también, te ves espantoso.”
Calvin frunció el ceño, pero se quedó con el dinero. Él le silbó a la zorra y Carol se retiró del edificio como si de repente lo hubiera encontrado aburrido. Pasó su tarjeta en la máquina azul del hangar J-3 y corrió hacia sus colegas en la pista. Ser paleador significaba que era probable que limpiarías calles, patios traseros y pistas de aterrizaje por una cantidad ridícula de dinero, sobras de comida o un lugar donde quedarte. Una cuarta parte de la población mantenía a sus familias arando la nieve en todo el país debido a las precarias condiciones meteorológicas. Como si Roanoke todavía contara como un país. El parlamento había abandonado todo control en la crisis de mediados de la guerra, el gobierno se había venido abajo y caído en el bolsillo de hombres sin escrúpulos.
Las horas se extendían en el frío agotamiento y el orden, ni siquiera el más pequeño copo de nieve derritiéndose lentamente sobre el pavimento podría haber traicionado el ojo agudo de los gusanos de nieve. No, ni siquiera bajo el sol poniente. Calvin no pudo evitar mordisquear la deliciosa corteza del pan mientras trabajaba. Se comió las últimas piezas durante su descanso antes de volver a raspar el pavimento durante otras seis horas. El turno terminó pronto, cuando las bóvedas celestiales de color azul perlado se habían convertido en tonos de rosa anaranjado. Desenchufados y listos para la inactividad, los paleadores regresaban a casa, otro grupo de cien hombres se haría cargo más tarde esa noche, solo aquellos reasignados para trabajar sin parar durante los siguientes tres días. Las estaciones se vaciaron en aproximadamente dos horas y media. Un momento de silencio. El chico había completado su cuota de tres días ahora y se sentía listo para colapsar en su cama por un receso de quince horas. La asignación de tres días era
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exclusiva para los jóvenes, desde los dieciséis hasta los cuarenta y cinco años, mientras que los mayores trabajaban una cuota de dos días, desde los cincuenta y dos hasta el paleador más viejo conocido en el pueblo. Rodney Baxter, un as de setenta y ocho años en el campo.
El chico encontró a Carol resguardada en la escalera exterior junto a la puerta trasera. Él le dio unas palmaditas en la cabeza y ella se despertó con cautela, lamiendo su hocico ansiosamente. Cuando regresaron al pueblo, un cielo oscuro como el océano había prevalecido sobre los colores de la tarde. Las luces de gas brillaban con calles llenas de gente, el olor a cena casera perforaba las paredes. Carriles cubiertos de humo por los automóviles, el ruido distante de la estática de las radios y las carcajadas de niños en medio de una guerra de bolas de nieve alrededor de la concurrida cuadra. Se abrió paso a hombros y encajando a través de los huecos. Era un problema menor para la zorra seguir a su amo, rozando las pantorrillas de la gente y a veces provocando que algunos tropezaran con sus propios zapatos.
Calvin había mantenido un relajante baño en las aguas termales en su lista de deseos durante todos estos años, desde que llegó por primera vez a Nooktown. Tomaba duchas recurrentes al menos dos veces al mes debido al clima increíblemente frío y la falta de sistematización de agua caliente. Disfrutaría de esta inusual oportunidad por una vez ahora con un poco de dinero extra. Pero primero, tenía que volver a su habitación en La Casa Posada para proporcionar a Carol algunas delicias vivientes. El edificio había prosperado con las personalidades más ricas de Roanoke desde su gran inauguración en la década de 1880. Exclusivo y más que lujoso con múltiples chimeneas, salas de entretenimiento como su teatro, salones de baile, bóvedas para fiestas en la piscina y más. Sin embargo, su belleza se había marchitado una bulliciosa noche de octubre en 1907, un día de rebelión que había atraído a toda la fuerza de manifestantes por todo el país. Los disturbios habían comenzado dieciocho meses antes, en algún lugar del este. La revolución se extendió como la pólvora, alcanzando a los afligidos, en su mayoría agricultores. Sus legiones se volvieron tan pesadas y feroces que solo un año después habían tomado el control de la primera de muchas estaciones de radio en su lista. Luego, el grupo se presentó formalmente a través de transmisiones de radio nacionales como Rootstocks, los caballos de guerra rebeldes de Roanoke.
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El establecimiento de La Casa Posada era ahora una pieza olvidada de la antigüedad que una vez había brillado como oro delicado y extravagante, ahora un laberinto en ruinas de tiempos pasados. Ángeles de mármol con alas, extremidades y narices rotas. Esquinas mohosas, telas de araña y fragmentos de cristal derramados sobre sus elegantes suelos. Mantenía aparte de la gente del pueblo cálida en su abandono, así como a los recién llegados que no tenían dónde quedarse. Con mucho espacio para recibir a cualquiera que quisiera quedarse unas noches, o quizás unos meses. Los habitantes iban y venían a su antojo, pero algunos habían encontrado refugio en el edificio público durante más de una década. Los extraños habían vivido y tomado caminos separados una docena de veces, a veces para nunca regresar. Los objetos olvidados de aquellos que habían venido antes siempre habían sido apreciados entre las personas que lo ocuparon indefinidamente.
Calvin sacó las llaves y abrió una puerta finamente grabada que conducía a un dormitorio oscuro de una sola habitación, cubierto de polvo cetrino y telarañas plateadas. Había una cómoda de madera podrida patas arriba, supuestamente de una dama que solía vivir allí antes de los trescientos treinta y tres invitados que alguna vez habían usado ese espacio. A nadie le había importado nunca guardarlo o darle la vuelta. Incluidos estaban cuadros del viejo mundo que colgaban de las paredes con personas que no conocía. Una mesita ordenada con una pata rota y sin sillas, una vela a medio usar para las noches sombrías y un radiador oxidado. Una ventana de marco metálico con vista al patio trasero, una chimenea manchada de humo y, justo al lado, un montón de trozos de madera para el fuego. Solía tener un colchón donde dormir, pero alguien se había metido y orinado encima hace cuatro meses. La zorra y él ya se habían acostumbrado a su nuevo lugar de descanso, un nido de almohadas y mantas a modo de cama. A pesar de no haber ordenado nunca la habitación, el chico tenía una pila de ropa limpia en una esquina.
Procedió a cerrar la habitación desde adentro. Con cautela, levantó la mesa y la empujó contra la clásica manija de la puerta con pestillo de latón pulido. Se quedó allí en silencio, alerta durante un par de minutos. Anticipando el sonido de pasos o la respiración lenta de alguien contra su puerta. Había desarrollado paranoia, permanentemente consciente de cada uno de sus actos. Una vez que estuvo seguro de que nadie aparecería, se acercó al viejo tocador, tamborileó suavemente con los dedos sobre él y luego presionó el lóbulo de la oreja contra la superficie de madera. Podía
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escuchar algo que se movía en el vientre del mueble, el sonido de garras diminutas raspando el interior.
“Está lleno.” Concluyó, alcanzando la pila de troncos contra la pared para examinarlos muy de cerca. Colocó un dedo enguantado sobre una pieza en la parte inferior de la pirámide. El tercer tronco, a la izquierda. Le dio a Carol una mirada de aprobación y ella esperó con apetito en los ojos. Retiró con cuidado el trozo de madera de la pila, dejando que las otras piezas cayeran en su lugar y dejando la parte superior de la pirámide vacía. Calvin se puso de pie y fijó los ojos en la parte trasera del tronco, aparentemente normal. La superficie del cilindro natural había sido tallada, revelando dos agujeros. La primera perforación era del tamaño de una tapa de Old Ronnie’s Cola, un favorito entre los refrescos. Mientras que el segundo tenía mayores dimensiones. Quizás, del ancho del fondo de una botella de vino, pero pobremente tallado en una especie de agujero cuadrado. No era un experto en tallar, pero los leñadores le habían moldeado con una forma atípica de escuela, una no tan fácil de palpar todavía.
Sacudió el tronco contra su palma y salieron dos objetos, cada uno de cada agujero. Un par de pinzas quirúrgicas de la cavidad más pequeña y de la más grande, un cubo de madera de juguete con la letra ‘D’ impresa en una de sus caras, la pintura de color zanahoria que lo adornaba se caía a sencillos rastros que se desvanecían. El chico había robado las pinzas de la estación de enfermería adyacente al aeropuerto hace algún tiempo. En cuanto al cubo de juguete, lo había encontrado en esa misma habitación, siendo un niño pequeño y fisgón, solo una baratija con un pasado desatendido.
Arrojó las pinzas quirúrgicas sobre la mesa, pensando que las usaría más tarde. Se arrodilló por segunda vez justo detrás del viejo tocador, empujándolo unos centímetros de la pared para tener una mejor vista de su parte trasera. El esfuerzo tendía a agitar a los roedores atrapados dentro del mueble. Había tallado otro agujero de forma cuadrada en la parte más baja del tocador, y luego colocó el cubo de juguete, encajando muy bien y perfectamente en el espacio moldeado. La trampa con cebo ahora se encontraba sellada.
El rudimentario instrumento funcionaba de la siguiente manera: los roedores entraban en su habitación a través de un orificio sobre la chimenea. Calvin había trabajado en los orificios
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necesarios con un picahielo y un cuchillo de pesca de una pescadera del mercado para tender la trampa. Un agujero en la parte posterior de la cómoda y varios más en el interior, convirtiendo cada cajón en tres niveles separados a los que podían acceder. Había colocado suficientes papeles de periódico, restos de comida y agua en el cajón superior para convertirlo en el nido de alimañas ideal. Por lo general, dejaba la trampa abierta de par en par durante largas sesiones, asegurándose de que las ratas entraran y salieran, intrépidas y satisfechas con su entorno.
Ahora, Carol finalmente comería algo. Calvin le dio de comer dos ratas de las cinco que encontró en su artilugio, liberando las tres restantes. No era un verdugo para mantenerlos enjaulados, esperando un vil destino.
“Edna tiene tan buen olfato.” Menospreció su ingenio, sacando el trozo de queso podrido que había guardado en sus pantalones semanas atrás para reemplazar la carnada del elaborado artilugio que tenía ante él. Una vez ordenado e instalado, regresó a la mesa de pata rota para tomar las pinzas. Esta vez eligió un nuevo tronco de la pila. Había marcado conscientemente este tronco con el mismo cuchillo, nada extraordinario, solo un corte bien definido aquí y allá. El resto de los troncos carecían por completo de carácter.
Detrás de esta pieza de madera, había perforado una serie de agujeros minúsculos en los que había almacenado trozos delgados del periódico que contenían críticas editoriales, caricaturas políticamente persuasivas, figuras descriptivas y proclamamientos oficiales del gobierno, material que había robado y guardado por años junto con sus notas. Todo junto con escasos artículos sobre el crecimiento económico negativo, las crecientes oleadas de emigrantes, todas las áreas con importantes carencias de empleo, etc. El gobierno era estricto con sus reglas de publicación y pensaba que era mejor no alarmar a la población. Sin embargo, la parte más importante de las lecturas diarias de la comunidad se llamaba la Lista Roja. Una publicación obligatoria para todos los periódicos y una sentencia ejecutoria para los que figuraban en él, acusados de deslealtad a la actual administración del gobierno.
Calvin había comprado el periódico el domingo por la mañana, exactamente dos días antes, pero nunca tuvo la oportunidad de leer la lista. Sacó el trozo enrollado de papel translúcido del contenedor de trozos de madera con la ayuda de las pinzas quirúrgicas. Sus ojos pronto vagaron
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por todas las columnas con letras de tinta carmesí formadas por cien nombres en orden alfabético. Nombres que no reconoció en lo más mínimo—como de costumbre—o más o menos al principio. Sus ojos se detuvieron repentinamente en la sección ‘E’. Pero alguien llamó a su puerta y el miedo instantáneamente encontró su camino en la boca de su estómago.
“¿S—sí? ¿Hola?” Vaciló, convirtiendo apresuradamente la lista en una pelotita entre sus palmas y metiéndola en un bolsillo oculto dentro de su chaqueta visiblemente desgastada. Reflexionando rápidamente sobre si volver a montar o no su pirámide de madera. La paranoia.
“¿Café o té?” Una voz femenina lo interrogó desde el otro lado del marco. “Es gratis, cortesía del alcalde. ¡Una taza por pueblerino!” Ella cantó. Calvin se había congelado cerca de la puerta mientras intentaba levantar la mesa que había empujado contra ella. ¿Jesse Mcallister repartiendo bebidas calientes gratis a los pobres? ¿Se ha vuelto loco el mundo?
“Uh . . . Té por favor.” Colocó la mesa, los troncos y las pinzas en su lugar habitual y recibió la mujer con una sonrisa de bienvenida. Era mayor de lo que él había imaginado, con el pelo gris recogido en un moño revuelto y palmeado. La mujer tomó una taza de bronce de su bandeja, la llenó con agua caliente, hierbas de limoncillo y un par de cubitos de caramelo tostados. Azúcar moreno.
“Perdón por preguntarle señora, pero ¿cuál es la ocasión?” Se quedó mirando el fondo de su taza, preguntándose y observando cómo los cubos de edulcorante perecían bajo el vapor.
“Oh, muchacho, ¿no te has enterado?” La falta de alguna idea de lo que ella hablaba en sus ojos grises fue suficiente por respuesta. “Están hablando de una transmisión de radio especial para Nooktown en las noticias. Buenas cosas para la gente del pueblo, dicen. Creo que el Sr. Mcallister simplemente está siendo optimista.”
“Oh bien . . . ¡salud!” Él pretendió. ¿Optimista? Optimista mi trasero, pensó y se bebió todo el té de un trago. Dejando un sabor desagradable y una llamarada en la boca. Agarró un par de calzoncillos limpios que estaban en la pila de ropa y le dio las gracias a la mujer de nuevo, dirigiéndose a las aguas termales con Carol detrás de él.
Decidió desempeñar el papel de un simple observador al aire libre para divertirse, descifrando lo que veía en las calles. Tazas humeantes sin sabor para todos, a ninguno le falta una en la mano. Un
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montón de bandejas de bebidas calientes de camino al centro. Celebraciones dondequiera que miraba, abrazos y vítores como el Año Nuevo nuevamente. Los conductores tocaban la bocina de éxtasis, el alcohol y la abrumadora sensación de que todos actuaban como si hubieran ganado la lotería. La gente sacaba sus radios, escuchando las noticias en sus porches acompañados de completos desconocidos. Todos anunciaban predicciones de lo que le espera a Nooktown y su gente de ser así. Muchos sugirieron que la guerra estaba llegando a su fin y que el estado de trabajo forzoso del pueblo se eliminaría poco después. Él no se tragaba nada de eso. ¿De dónde había salido la idea de que fuera algo bueno? Probablemente falta de comunicación.
Calvin tomó la pendiente hacia las aguas termales, una vieja cabaña con un letrero que decía ‘Estrella Fugaz’ en la cima de una colina asediada por rocas volcánicas. Entró en ella, el vestíbulo frontal mostraba una casa bien amueblada con revestimientos de paredes bellamente pintados a mano y carpintería lustrosa.
Pagó en el vestíbulo modestamente pequeño y le preguntó al empleado, señalando de repente a Carol. “¿Puede entrar?” El hombre se encogió de hombros y bebió un sorbo de su taza de café, cortesía del señor alcalde. Lo tomó como un sí. El empleado le proporcionó una linterna de granja encendida para navegar por las aguas termales.
Dos bombillas eléctricas de cristal brillantes y de color limón que colgaban del porche del patio trasero les dieron la bienvenida a los jardines. Todo estaba en silencio y suavemente bañado por la oscuridad. Pastizales abultados, alfombras de nieve en cada roca y grandes charcos de agua caliente humeantes empañaban el lugar. Las piscinas eran lo suficientemente profundos como para descansar sobre su trasero con una gran vista a las estrellas y al encontrarlo vacío, el adolescente no se molestó en buscar el baño. Corrió a la piscina más cercana, se quitó todos sus atuendos de invierno, excepto sus calzoncillos—no exactamente los limpios—y saltó al agua. Para algo que había querido hacer toda su vida, sentía que no podía perder la oportunidad de correr como un idiota. Las aguas nebulosas limpiaron sus magulladuras, eliminando todas las toxinas. El dueño de Carol le hizo una señal con un silbido, pero su llamada no la convenció lo suficiente para entrar. Calvin se arrastró a su lado, tirando de ella hacia las aguas termales, aunque ella terminó mordiendo su pulgar y parte de la palma de su mano en rechazo. Maldijo, lavó la sangre y se quedó
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mirando el cielo velado y nocturno, lleno de lumbreras relucientes durante veinte minutos. El agradable calor le llegaba a los huesos, las burbujas eran algo curioso y las aguas de un verde claro que le recordaba a las esmeraldas. Pero la paz no duró lo suficiente, porque recordó la Lista Roja escondida violentamente dentro de su chaqueta.
Rápidamente, se apoderó de la chaqueta manchada de barro que estaba en el borde de la piscina, sacó el trozo de periódico parcialmente empapado y siguió buscando. Luego se detuvo. El nombre ‘Andrew Elsner’ escrito en letras rojas mecanografiadas, le llego como campanas estruendosas. Carol—sin darse cuenta de todo y nada—entró en el manantial y se acostó a un lado. Dos pensamientos se le cruzaron por la mente en ese momento. Uno, su padre estaba sano y vivo, dos, el gobierno y el ejército pronto lo perseguirían a él y a sus parientes más cercanos. Su hermano y él, entre ellos.
De repente, sintió frío de nuevo a pesar de estar casi completamente sumergido en agua caliente y burbujeante. Sus ojos se dirigieron a la lámpara de aceite de la granja que había dejado en las rocas, el fuego temblaba intensamente, latiendo como un órgano vivo. Notó que las luces del porche presentaban el mismo ritmo atípico. Percibió sonidos de lamento que venía con el viento. Entonces todas las luces se apagaron, engullidas en una oscuridad perfecta. Pero persistieron los gritos lejanos.
“¿Ca—Carol?” Se atragantó, cegado por la oscuridad. La escuchó aullar en algún lugar cercano, chapoteando en la piscina. Continuó un par de veces, comunicándose con algo entre las vastas praderas circundantes. Llamas flotantes se manifestaron a través de los pinos, brillando con impecables halos dorados a su alrededor. Figuras del mismo color se formaron debajo de las llamas y cantaron con voces de ancianos. Un estribillo extraño y de tono grave. Las criaturas habían rodeado los jardines de aguas termales para mirarlo, la lámpara de aceite parpadeando con el mismo ritmo.
Calvin observó cómo estos espectros lo rodeaban con pasos silenciosos. Una docena de ellos o más. A estas figuras de oro les brotaron cuernos de gran alcance hecha de la misma energía brillante a medida que se volvían visiblemente reales. Carol siguió aullando como si no hubiera percibido ningún peligro. Esto envió al chico un ataque de pánico, tropezando mientras trataba
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de alejarse de ellos, cayendo a las humeantes aguas sobre su espalda. Vio y escuchó golpes de resplandor palpitante desde debajo de las aguas, pero cuando salió en busca de aire, las figuras, las llamas y sus voces se habían desvanecido. Las bombillas e incluso su lámpara de aceite habían vuelto a una normalidad, nada excepcional. Era solo él, Carol y los grillos nocturnos en el mismo terreno irregular. La zorra lamió el agua de su cara mientras tosía, sus pulmones pubescentes se volvieron a llenar con el oxígeno necesario después de la inesperada ingesta de líquido. La Lista Roja que llevaba consigo tampoco había dejado rastro, posiblemente se había ido con el viento. El chico saltó de la piscina rápidamente y agarró su ropa corriendo de regreso al porche y al pequeño vestíbulo. Todavía solo en calzoncillos.
Esta vez el empleado pareció un poco desconcertado. “Los baños son . . . por allá . . . ” El hombre señaló con su pulgar, mirando al chico y a la zorra empapados. Le hizo una mueca al adolescente sabiendo que tendría que limpiar ese desorden húmedo en el pasillo.
“H—hey umm, ¿viste los fantasmas ahí afuera?”
“¿Fantasmas? Ponte unos pantalones, pequeño monstruo, ¡es hora de irse!” Y eso hizo.
FIN DEL CAPÍTULO #3