*material protegido por derechos de autor*
Página 1
04:40 A.M. Dos horas después de la batalla aérea de Nooktown. Los resplandores de neón aún se reflejan en la acera empapada en la calle Wiley’s Hill. Un cielo oscuro y aullante presagiaba la llegada de nuevos deberes y la renuncia de un espíritu. Las avenidas inundadas de la ciudad de Yorkwich no se podrían atravesar fácilmente sin al menos un buen augurio y un paraguas. El buen vecindario de Wiley alberga humildemente la tienda de donas local favorita de todos. Frituras de Masa Por Mitzy. Pasteles fritos, recién glaseados y café espeso y pegajoso. Los extravagantes y atrevidos desfilaban por esta jungla de concreto, abrigos peludos y sombreros de fieltro de lana, bufandas caras, tacones o guantes. Hombres de negocios con trajes impecables, individuos de cabello liso hacia atrás, dueños de todos los cruces de la ciudad con sus lujosas limusinas y maletines de cuero.
El vibrante color esmeralda de los semáforos de la avenida alcanzó un par de ojos inquietos muy particulares, Wyatt Elsner ahuecó una mano sobre su mirada y suspiró. Sentado junto al escaparate con los ventiladores de techo funcionando a baja velocidad, se quejó en voz baja por el ruido de los zapatos mojados contra el suelo que rechinaba de limpio dentro de la tienda de donas. Se rascó el grueso bigote y sacudió su cabello de mechones recortados al frente. Tomando un sorbo rápido de su café, no pudo apartar los ojos de los titulares de los periódicos de hoy. Las Crónicas Del Pionero yacía sobre su mesa, mirándolo con entusiasmo descarado.
Página 2
Se preguntó si el grupo de editores de Las Crónicas Del Pionero se reía de cada palabra que escribían sus escritores o si tenían que fingir sonreír y esperar a que las Fuerzas Armadas de Roanoke leyeran y aprobaran los ensayos infructuosos de esos lame botas. Toda la historia que giraba en torno al anuncio de la transmisión de radio de Nooktown lo enfurecía. El gobierno había dejado claras sus intenciones hace décadas. Represión a toda costa.
Wyatt había sido alguna vez una especie de criatura tan accesible como una pared. Criatura que había llegado a la capital de Roanoke, Yorkwich, con poco conocimiento de en qué se estaba metiendo. Había dejado Nooktown en un avión Dewoitine 338K de bandera francesa junto con un grupo de jóvenes descarados que él apenas conocía. El avión estaba repleto de gente irracional, sin direcciones, sin planes, y sin duda vivían con malas intenciones. De todos modos, fueron recibidos en Yorkwich con una merecida y brutal paliza. Despojados de todas sus posesiones, varados en una ciudad enloquecida por nada menos que aquellos que les habían ofrecido el viaje expreso. Un piloto borracho y sus compañeros soldados a cambio de baratijas o dinero en efectivo.
Más tarde, cayó en cuenta que Roanoke, junto con sus batallones, robaban descaradamente los utensilios de otras naciones sin represalia alguna. Entonces, la verdadera pregunta era ¿cuándo se había roto el círculo vicioso en los últimos treinta años de guerra?
Los eventos que habían llevado a la fuga de Wyatt de Nooktown habían ocurrido exactamente hace tres años, ahora él un tipo cambiado apenas de veintiséis años. Sabía cuán mal consideradas y miopes habían sido sus acciones en el pasado. En estos días no buscaba a nadie en particular, excepto a su amigo Archie. Quién lo había ayudado a encontrar una pequeña habitación en un edificio de apartamentos a pocas cuadras del centro, donde guardaba una almohada de plumas de pato, una manta acolchonada y algunos otros objetos esparcidos. Una lámpara de aceite, siempre un paquete de cigarrillos, un par de cordones de zapatos negros y un cinturón de cuero marrón. Con un guardarropa limitado que consistía en dos camisas adicionales, un suéter, dos pantalones más y un solo par de zapatos negros pulidos que estaba usando actualmente. Tendría que comprar calcetines algún día, supuso.
Página 3
Su barrio residía entre atracadores y usureros, y alrededor del 47% de la ciudad estaba en ruinas debido a los constantes levantamientos. Las ruinas nunca habían estado en abandono, ya que en muchas partes del país se habían convertido en refugios de algún tipo. Dando gracias, Wyatt había salido de esa situación con algo más que un poco de perseverancia. Aun así, las protestas se llevaban a cabo cada dos o tres días. Los mercados de alimentos, los grandes almacenes y una amplia variedad de tiendas tenían que detener sus horarios de trabajo programados, con la esperanza de no ser asaltados y vandalizados mientras intentaban ganar algunas monedas. Los bandidos tomaban lo que querían, rompiendo aberturas y brechas, vaciando cajones de efectivo, pintando grafitis en las paredes. Estos saqueadores marcaban su territorio con la insignia de los Rootstocks, dos letras amarillas grandes y llamativas. La primera y última letra del nombre del gremio, ‘RS’, y un martillo de guerra del mismo color pintado en el fondo, encerrado en un círculo. La veracidad de tales afirmaciones sobre aquella facción seguían siendo cuestionable y, a veces, los dueños de las tiendas simplemente desaparecían de un día para otro, las circunstancias de las desapariciones tampoco estaban claras.
En el otro lado del espectro estaban los torcidos. Cirujanos sin certificar y otros médicos, farmacéuticos, políticos, ejecutivos de empresas de renombre. La lista continuaba con los niñitos ricos y sus parientes adinerados que vivían en el lado occidental de Yorkwich. Esa parte de la ciudad estaba restringida a todos los ciudadanos comunes. Había comenzado como un lujo, pero cuando la gente de la ciudad se volvió violenta y comenzó el alboroto, el ayuntamiento decidió barricar todas sus entradas completamente armadas con ametralladoras.
Wyatt se quitó la chaqueta y la arrojó a la mesa. Admitió que venir aquí fue el segundo y peor error de su vida. ¿Y el primero? Bueno.
Cogió su taza y miró fijamente el vapor que emanaba de ella. El pensamiento de aquello le hacía estremecerse de vez en cuando. Se había convencido muchas veces de que dejar Nooktown no tenía nada que ver con Vivian Bixbee. Y se le habían acabado otras lamentables excusas para no visitar a su hermano en este momento.
Página 4
Enmendar lo que había hecho no era pan comido ni entonces ni ahora. Había pasado los primeros días en la ciudad haciendo todo tipo de trabajos varios, ahorrando suficiente dinero para volver a Nooktown, a donde pertenecía. Trabajó recolectando botellas de vidrio de fuentes de refrescos y luego las vendía a los fabricantes de las mismas.
Las bebidas de cola Old Ronnie’s eran populares en aquel momento y valían mucho, ya que eran un lujo perverso, pero se le acabó la suerte rápidamente, como muchos otros forasteros en la ciudad. Recaudó el dinero, pero había sido lo suficientemente ingenuo como para pensar que cualquier avión lo llevaría de regreso a casa. La realización de ese tipo de vuelos en todo el país había sido estrictamente prohibido por los militares, con un castigo muy sancionado para los pilotos. Rara vez alguien se arriesgaba y recolectar más de unos pocos tickets de autobús y ferry de regreso a Nooktown parecía una misión imposible. Todo fue una ardiente humillación que vino de un fugaz momento de grandeza con una resolución devastadora.
El daño ya estaba hecho y aun así enviaba cartas mensualmente. Entre el correo que había enviado, eligió una pequeña caja para el cumpleaños decimotercero de Calvin que contenía una bufanda verde comprada en una tienda de ropa local. Venía con un par de guantes tejidos del mismo color. A este paquete, también había agregado un libro encuadernado en cuero rojo llamado Teorías Desentrañadas Del Universo por un hombre llamado Hagan Mulhouse. Un filósofo y cosmólogo roanokeano supuestamente muy conocido del que él nunca había oído. Wyatt solo sabía que a Calvin le encantaban los libros. Física, ciencia, medicina, el chico escogía cualquier cosa. Había conseguido el libro en una pequeña librería que vendía manuscritos aproximadamente a la mitad de su precio original a cambio de productos del mercado. Pero si el correo se entregó en la dirección correcta o no, no lo sabía, ya que no obtuvo respuesta para ninguno de ellos.
Wyatt tomó un sorbo largo y ruidoso de su café. Había comenzado a trabajar como paleador desde el momento en que llegó a ese pueblo en las faldas del monte Mowaki. Había dejado de asistir a la escuela pública a los dieciséis años. Se había convertido en un hombre sensato, lleno de gratitud por lo poco que tenía.
Página 5
La guerra había sacudido su mundo y el resto de las generaciones desdichadas antes y después de él, pero las cosas habían comenzado a verse mejor y más brillantes para él como individuo. Había conseguido un trabajo decente como taxista en una gran empresa de taxis. No más remover nieve, no más botellas de vidrio vacías y no más lustrar zapatos. Después de todo, Yorkwich era una de las ciudades más grandes del país y su nuevo empleo le proporcionaba muchas más comodidades que cualquier otro trabajo de orden inferior. Con el tipo de ingresos generosos, en comparación con sus últimos tres trabajos, había comenzado a recolectar sus ahorros para darle la bienvenida a Calvin a la ciudad.
“Aquí está su pedido doble de rosquillas de mantequilla de maní y café.” La camarera, una mujer de rizos cortos, dejó los platos sobre la mesa y sonrió. “¿Dónde está Archie? Ese chico nunca llega tarde para el desayuno.”
“Podría estar atrapado con algo en el trabajo, durmió en la oficina anoche.” Él se encogió de hombros. “Es un tipo trabajador, como Donna.”
Archie era un prometedor descendiente de los Renou de veinticuatro años que trabajaba como fotoperiodista en una revista pequeña y no detectada, para la comunidad. En verdad un hombre sobresaliente para su corta edad. Con una comunidad grande y solidaria detrás de él, compuesta por parientes cercanos y lejanos, así como por otros descendientes de los Renou unidos como una tribu, más su círculo familiar inmediato. Wyatt había conocido a Archie hacía un par de años, ya que ambos solían trabajar como limpiabotas en la misma calle.
Dentro de su rivalidad inicial, se desató una sólida amistad. Sus primeras fiestas de otoño y cosecha en Yorkwich las había pasado bien en casa de Donna Dahlgren. La madre de Archie y también la madre de cuatro hijos menores que él. También había conocido a Ben Dahlgren, el marido de Donna y el padre de Ben, Ernest Dahlgren, o el abuelo Dahlgren, como todos lo llamaban—el jefe de la tribu y representante oficial de los Renou en la ciudad. La comunidad de los Renou de Roanoke en su conjunto habían propuesto el proyecto de la revista hace un tiempo con la esperanza de mantenerse informados bajo aguas turbulentas.
Página 6
Ellos habían estado afiliados a los Rootstocks hasta que las prioridades de los rebeldes tomaron un giro salvaje y fatalista. Los años treinta eran tiempos mal iluminados para la imparcialidad y tiempos salvajes para alimentar la ignorancia.
El cielo se iluminó con truenos. Los peatones corrían a toda velocidad, cubriéndose la cabeza con lo que se tuviera en las manos. Wyatt observó cómo la lluvia se movía de un lado a otro, como si las gotas fueran empujadas y tiradas en direcciones armónicas por largas cuerdas que venían del firmamento y tocaban el cemento. Las ráfagas se retorcían, la lluvia seguía. Se quedó mirando el movimiento hipnótico del poder de la naturaleza cuando un repentino y violento golpe de la campana comercial de la puerta le hizo saltar en su asiento. Se volvió hacia la entrada principal de la tienda de donas y la encontró abierta de par en par. La larguirucha figura de un hombre de piel aceitunada y largo cabello negro azabache, se encontraba empapado bajo su estructura. Su sombrero, traje y abrigo, bolso de cuero, e incluso su cámara, una modelo Graflex Speed Graphic— guardada con torpeza en su interior—chorreaban agua llovida. Él se quedó allí, jadeando por aire como si hubiera corrido kilómetros para salvar su vida.
“¿Archie? ¿Estás bien, camarada?” Wyatt examinó a su amigo de pies a cabeza. Archie le devolvió la mirada con ojos inquietantes. Todos en la tienda de donas lo miraban con la mayor curiosidad, pero el joven reportero estaba demasiado concentrado en limpiar la lente de su dispositivo fotográfico para darse cuenta. Cuando terminó, se acercó a la mesa con pasos rápidos y se dejó caer en su asiento mientras todos en la sala volvían a sus asuntos.
“Wyatt, tenemos que sacarte de aquí.” Dijo en voz baja.
“¿De la tienda? Acabo de pedir nuestra comida. Mira, todavía está caliente.” Respondió el taxista, alcanzando su humeante rosquilla de mantequilla de maní. Su amigo le arrebató el plato antes de que pudiera tocar la comida y se llevó un dedo a los labios.
“No estoy hablando de la tienda.” Agarró la copia del periódico de hoy de su amigo, saltó unas cuantas páginas justo antes de poner un dedo en una columna llena de nombres carmesí, el diseño distintivo de la página en tinta roja hizo que Wyatt perdiera el apetito por un momento.
Página 7
La Lista Roja era algo de lo que no quería hablar tan temprano en la mañana.
Archie empujó el periódico hacia su amigo y esperó a ver su reacción mientras lo guiaba con el mismo dedo hacia un nombre específico de la lista.
“Ese no es él,” dijo el taxista, bebiendo lo último de su café. “Está muerto. Se fue.”
“¡Este es tu padre!” La mirada de incredulidad de Archie coincidió con su intento de evitar que su voz se elevara demasiado. “¿Sabes lo que esto significa, verdad? Tarde o temprano vendrán por ti y por Calvin también.”
“El hombre es historia, desapareció hace siglos . . . Esto es—”
“Esto está sucediendo, lo creas o no. ¿Sabes quién me mostró el periódico? Mi abuelo. Sí, el propio abuelo Dahlgren. Él sabe sobre este tipo de cosas, ha estado presente más que cualquiera de nosotros en la comunidad, ¿de acuerdo?” Archie sacó algo del bolsillo de su abrigo y colocó cuidadosamente una pistola sobre la mesa, empujándola hacia las manos de su amigo con discreción.
“¡Archie, esconde esa cosa!”
“¡¡Shhhh!!” Archie le instó a que bajara la voz. “Es falsa, ¿pensaste que me compraría un arma? ¡Diablos, no! Es de Todd.” Él concluyó.
“¿Tu hermano pequeño? Tiene once años—”
“¡Es una pistola de juguete por el amor de Dios!”
“Aun así, no me lo llevaré en el taxi.”
“¡Se supone que debes huir con ella, idiota! ¿Nunca jugaste a policías y ladrones? Porque estoy empezando a pensar que tu mamá te dejó caer cuando eras un bebé.”
“Escucha. No puedo huir así.” Miró hacia afuera por un minuto. “Por fin tengo un trabajo estable. Puedo iniciar una vida mejor para Calvin y para mí, después de tanto tiempo. Si vienen a buscarnos les daré toda la información que pueda para salvarnos el trasero.
Página 8
Calvin y yo . . . somos víctimas, y lo sabes, ya hemos hablado de esto antes. Todos lo saben, discutirlo con las autoridades podría resultar suficiente.”
Archie no dijo nada. Wyatt miró su taza vacía y continuó: “No lo sabes . . . la sombra de este hombre me ha estado siguiendo durante años. Tenía dieciséis años cuando lo vi por última vez . . . ese pedazo de basura . . .” Sacudió la cabeza. “Mi padre no me va a quitar aquello por lo que he luchado, está fuera de discusión. No voy a ninguna parte, ¿de acuerdo?”
“¿Estás seguro acerca de esto?” Su amigo suspiró y apoyó la espalda en su asiento. “¿Estás pensando en traer a Calvin a Yorkwich?”
“Creo que es hora. Se merece una oportunidad, los pocos beneficios que he adquirido en los últimos tres años. Una educación también. Le daré todo lo que no pude en ese pueblo.”
“¿Ya respondió a la correspondencia?”
“Eh . . . No.”
“¿No?”
“Estaba pensando que tal vez podría—”
“No, tienes que ir tras él tú mismo.” Insistió Archie. “Piénsalo. Te guste o no, la persona en esa lista podría ser tu padre. Tómelo a consideración antes de salir por esa puerta. Estas son acusaciones graves y el gobierno hará CUALQUIER COSA para llegar a ustedes.”
Wyatt tamborileó los dedos sobre la mesa. “Bien. ¿Quieres que me lleve la pistola de juguete? Tomaré la maldita pistola de juguete.”
Archie pasó el juguete debajo de la mesa con una sonrisa blanca. Su amigo volvió los ojos a modo de burla. “Por favor, no le digas a mi abuelo que te di una pistola de juguete. Se reiría de mí durante semanas . . . ”
Página 9
“¡Come tú maldita comida!” Wyatt rio. “Donna te va a matar cuando llegues a casa con el traje que compró para tu cumpleaños, todo mojado y sudoroso, también podrías comer tu última comida, amigo.”
“¡Ha! ¡Le diré que me salpicaste el traje con su taxi!” Bromeó, tomando un bocado de su rosquilla de mantequilla de maní. Wyatt resopló y pidió otra taza de café.
Ambos habían encontrado la quietud en las reuniones ocasionales en la tienda de donas tan temprano en la mañana. Pasaban las noches largas junto a los vendedores ambulantes de comida y cenando mientras el taxista esperaba a que los clientes aparecieran en las aceras.
Wyatt Elsner había conocido a todo tipo de clientes en el trabajo, había resultado ser un gran oyente, a veces murmuraba si era necesario. De todas esas personas, había algunas que se destacaban de los pasajeros habituales. Le vino a la mente la imagen de una mujer envejecida y escultural que vestía nada más que prendas de color borgoña, polvos de maquillaje en los pómulos hundidos y una vasta colección de collares de perlas y aretes de los que le encantaba presumir. Infamemente rica, conocida por muchos como Marion Sismore o Lady Marion. Cejas delgadas y cabello largo ondulado con rizos frontales.
Había conocido a la mujer de pelo blanco fuera de una gran tienda departamental después de verla con un puñado de bolsas de compras y su acompañante canino atado a su correa, Ocean, un gran danés perfectamente negro con ojos verdes como el mar.
Wyatt le había hecho reír mucho en su primer encuentro, había batallado para entrar en el taxi lleno de bolsas de seda en la parte trasera, y Ocean a su lado en la parte delantera. Desde entonces, ella llamaba a la compañía de taxis para pedir solamente sus servicios. Pero con esta mujer, no decía una palabra.
Había algo mal en su presencia. En el camino a casa miraba por la ventana con la mirada perdida en el tráfico, cómo si la muerte la aguardara a puertas cerradas, excepto cuando hablaba de sus preciosas perlas. Eso le arrancaba una sonrisa de sus labios. Simplemente, había algunas capas de tristeza en la vida que revelaban ser demasiado reales y contagiosas.
Página 10
Un hombre con un cárdigan de terciopelo mostaza que sostenía un maletín se acercó a Wyatt y señaló hacia afuera del escaparate de la tienda de donas. “¿Eres el conductor?” El extraño se refería a su taxi estacionado junto a un buzón de torre.
Con un bocado de rosquilla para tragar y un bigote cubierto de glaseado de mantequilla de maní, se dirigió a este nuevo posible cliente lo suficientemente rápido limpiándose con una servilleta.
“Sí señor. ¿Cómo puedo ser útil?”
“Yo tengo un . . . Importante encuentro en el distrito norte de la ciudad. Tengo un poco de prisa.”
“Claro, no hay problema señor.” Wyatt se puso de pie y miró a su amigo. “Espera aquí, te llevaré al trabajo cuando vuelva.”
“Necesito volver a la oficina ahora, tengo que desarrollar algunos retratos en el estudio, la revista está sobre mí y las necesito antes de las 09:00 A.M. Estaré bien.” Archie mostró sus manos y asintió con empatía.
“Bueno. ¿Nos vemos esta noche, supongo?”
“Por supuesto.”
“Estoy apresurado . . . ” Insistió el extraño.
“Por aquí, por favor.” Wyatt tomó su chaqueta, el periódico y le abrió la puerta al hombre. La lluvia no había cesado ni un poco.
Sus zapatos salpicaron en un hoyo en la acera, las superestructuras de Yorkwich ocultaban parte del firmamento opaco mientras el dueño de la tienda de baratijas del frente giraba el letrero de ‘cerrado’ qué colgaba en la puerta hacia su rostro de bienvenida.
Se acercó a la puerta del asiento trasero y recibió a su cliente dentro del vehículo para luego encontrar su asiento frente al volante.
“¿A dónde nos dirigimos exactamente, señor?”
Página 11
“Moorlynd Boulevard. P—por favor.” Wyatt tomó nota de la repentina palidez que había borrado los colores saludables del rostro de su cliente.
“Señor, está todo—” Cerró la boca a mitad de la frase al sentir la punta del cuchillo de cocina a un lado de su garganta.
“A—apégate a tu trabajo, taxista. Enciende el auto.” El hombre ladró. Una mano temblorosa se envolvió alrededor de su cuello mientras la otra sostenía la punta afilada contra su garganta. Wyatt encendió el motor, un taxi modelo DD de Dodge Brothers amarillo brillante con sesenta y un caballos de fuerza. Procedió a hacer un giro en U para acceder al carril opuesto con la esperanza de que alguien en la tienda de donas mirara por los paneles de las ventanas. Pero nadie lo hizo. El conductor del taxi vio por última vez a Archie hablando con la camarera y luego tuvo que mirar de nuevo a la carretera.
“Enséñame el periódico.” Ordenó el extraño. El taxista tomó su ejemplar de Las Crónicas Del Pionero del asiento del pasajero y se lo entregó. El hombre lo tomó y soltó su garganta. Aturdido, lo escuchó pasar las páginas. Y como si este tipo desconocido acabara de recordar que era un malhechor, presionó el cuchillo contra la parte posterior de la cabeza de su conductor mientras seguía hojeando. La punta del cuchillo punzándole con el mover del auto.
Los ojos del extraño lo sorprendieron mirando a través del espejo retrovisor, le devolvió la mirada. “¡Mira hacia otro lado o te cortaré la tráquea!”
Wyatt hizo caso omiso al principio, pero movió los ojos lo suficientemente rápido como para ver a su cliente apuñalar el asiento delantero, dejando el objeto afilado atascado. Sacó un bolígrafo plateado del bolsillo de su traje y el taxista estaba listo para girar y romperle la nariz. Ciertamente, lo habría hecho si su cabeza no hubiera colisionado contra el volante. Completamente abrumado, hizo todo lo posible por recuperar el control antes de chocar contra un hidrante en la siguiente calle. Una lengua de sangre le corría por la frente cuando llegó el siguiente golpe y sacudió el vehículo por segunda vez.
Página 12
“¡No dejes que me lleven! ¡Por favor!” El hombre llorón extendió la mano hacia el cuello de Wyatt para suplicarle.
“¡¿Qué diablos está pasando?!” Le dio un puñetazo al hombre en la mandíbula, moviendo los ojos hacia el espejo retrovisor de la derecha. Un automóvil fúnebre negro y opaco, un Vauxhall Cadet los perseguía desde una distancia muy corta.
La parte delantera estaba algo dañada, habiendo perdido una de sus luces de conducción en la primera colisión.
“Oh, hermano, ¿en qué te metiste?”
“Los Visitantes . . . me quieren muerto. Hice un trato, compré una farmacia local de un tipo loco hace algún tiempo. Ellos . . . Eso no les gustó para nada.” El Vauxhall aceleró en un intento de otro ataque, Wyatt se movió rápidamente y empujó el acelerador al límite. Apenas habían evitado el impacto cuando las balas los asechaban en represalia. ¿Los Visitantes? Parecía que eran una banda de la mafia de la que Wyatt no había oído hablar todavía.
“¡Agachese!” El taxista logró hundir la cabeza de su cliente antes de que las balas pudieran alcanzarlos a ambos. La ventana trasera se detonó y Wyatt giró sin miedo el volante tomando la siguiente intersección a la izquierda. Perdiendo un espejo retrovisor en el proceso contra otro vehículo en movimiento. Cuando parecía que habían perdido a sus agresores en esa vuelta, otro Vauxhall de color negro les tendió una emboscada desde un callejón mugriento.
Wyatt fue testigo de cómo las ventanas se convertían en polvo de vidrio roto y la estructura de acero del automóvil se torcía sobre sus pliegues mientras rodaba y rodaba por el pavimento. Una, dos y finalmente una tercera vez.
Página 13
***
Se despertó con ruidos. Chillidos, lamentos y el sabor pirético de la gasolina. Sus ojos rodaron en sus órbitas. Estaba besando el suelo sobre la acera mojada. Pronto se dio cuenta de que lo habían sacado de su taxi y que esos gritos provenían de peatones y conductores que abandonaban el espectáculo del accidente automovilístico.
Los Visitantes todavía estaban vigilando la escena. Equipos vestidos con trajes de color ébano. Pantalones, botas, guantes y gruesos abrigos parka. Con capuchas y máscaras de cuero aberrantes. Como parte de cada máscara, un par de gafas sólidas de vidrio soldadas por dos anillos dorados circulares unidos por una pieza para el puente de la nariz.
Dos de ellos estaban cerca, mirando hacia otro lado y sosteniendo rifles, mientras el resto del equipo sacaba del taxi al dueño de la farmacia. Pateando, chillando y sangrando. Otro recuperó el maletín del hombre en silencio.
Arrodillado y asustado, el hombre se estremeció en su lugar cuando dos de ellos lo obligaron a tomar esa posición, agachados y con los brazos rígidos a los costados. Un tercero se acercó a él y le dijo algo al oído, colocando sus manos enguantadas alrededor de su tráquea. Luego apretó con la punta de sus dedos y con un hábil giro de sus muñecas le rompió el cuello en un solo movimiento. Con la misma rapidez, llevaron el cadáver y lo arrojaron al maletero de uno de sus coches.
Wyatt cerró los ojos, oyendo que sus pasos se desvanecían y el sonido del encendido de los Vauxhall se produjo. Y así, se fueron.
Encontró el coraje para abrirlos de nuevo. Sangre en su rostro, adrenalina corriendo por sus venas. Su copia de Las Crónicas Del Pionero se había derramado sobre el pavimento. Se arrastró y alcanzó sus páginas.
El hombre ahora fallecido había marcado cinco nombres en la Lista Roja, las hojas estaban lo suficientemente secas como para distinguirlos.
Página 14
Él se paró. Sintió la pistola de juguete aún en su chaqueta y se alejó cojeando. Necesitaba encontrar rápidamente un teléfono público, el brillante futuro de Calvin y Wyatt en Yorkwich se había echado a perder con la tormenta.
FIN DEL CAPÍTULO #6